A B O U T   -   T E X T S

E X H I B I T I O N S / P R E S S / T E X T S / F R A M I N G / H A R D W A R E / L E G A L / B I O

T R E S A R T   S T A T E M E N T   E N G L I S H   T R A N S L A T I O N

Preguntas en una exposición

Dudas y aciertos ante la obra de Claudio Castillo*

¿Así que esto es una obra de arte?

La vieja pregunta vuelve a recorrer los salones donde se presentan las nuevas obras de la nueva vanguardia, surgida del desarrollo incontenible de las tecnologías digitales.

Dicha exactamente así, la pregunta no ha cesado de resonar en los salones de exhibición, desde que los impresionistas dieron salida, a fines del siglo XIX, al movimiento hasta hoy indetenible en busca de la mayor libertad de las formas plásticas, y a la sucesión, que llega también hasta nuestros días, de los ismos más diversos.

Y formulada con las mismas palabras, la pregunta había desafiado antes, por ejemplo, a renacentistas o románticos como El Greco o Delacroix, cuando propusieron nuevas formas y nuevos alientos--sus formas y sus alientos, y los de su época-- de pintar la realidad, su realidad, tal como ellos la sintieron y la vieron.

Es así que el dilema de la recepción y el disfrute de la obra plástica y, en general, de la obra de arte, es tan antiguo como el arte mismo. Del mismo modo, la relación entre arte y tecnología y el entrecruce de uno y otro, en tanto que expresión e instrumento, han sido parte esencial del debate.

Fue la tecnología --la invención de la fotografía-- la que decidió a artistas hastiados de trabajar en los confines de la escueta reproducción de la realidad, a subvertir las formas tradicionales. Liberados del compromiso, pudieron transgredirlas y abandonar el mimetismo de la percepción del ojo humano y crear otras, sus formas.

Al relevar a la pintura de la tarea de reproducir con fidelidad y hasta con hermosura artística la realidad circundante, la fotografía ayudó a abrir las puertas de la libertad formal a quienes, a fines del siglo XIX, iniciaron el interminable camino de la experimentación y el libre manejo de las formas expresivas.

Fue un paso contracorriente, no solo contra el criterio de otros artistas y de la mayoría de los críticos, sino contra la capacidad y el hábito de apreciación del público. Hasta hoy, el público no iniciado y parte del especializado, no se han recuperado totalmente del trauma, como no se han recuperado la mayoría de los oyentes de las profundas alteraciones y libertades que en la música --el arte más cercano a la pintura-- trajeron experimentaciones dodecafónicas o atonales, o la misma libertad interpretativa del jazz: en un teatro, un concierto para piano y orquesta de Tchaikovski pondrá casi siempre al público de pie para aplaudirlo, y provocará muchos más aplausos que una obra de Alban Berg o una larga improvisación de Miles Davis.

Algo similar ocurre en la pintura, y el público contemplará seguro y sin conflictos un impecable paisaje académico, y moverá la cabeza en asentimiento cortés, pero sin convicción, ante Les demoiselles d'Avignon.

Y es que además de rechazar el cambio de la forma, la que día a día percibe directamente de la naturaleza, el público tiende a privilegiar las habilidades del artista para reproducir la realidad antes que sus capacidades expresivas.

De ahí que, sin resolverse este problema, a más de cien años de la primera exposición impresionista, las vanguardias sigan siendo, digámoslo francamente, incomprendidas por el gran público y por qué no, por algunos especialistas.

Es así que, en tal situación, con esta asignatura pendiente, nos sorprenden las tecnologías abriendo paso a un nuevo tipo de arte, el arte digital, y como parte de él el software art..

Por supuesto que fueron las tecnologías las que posibilitaron que del arte rupestre se pudiera pasar a la obra pictórica tal como la hemos conocido hasta hoy, según se encontraban mejores y más dúctiles materiales: soportes, pigmentos, pinceles, todos evolucionaron, todos ofrecieron al artista alternativas diversas.

(El recurso al uso de las antiguas técnicas y materiales en el que ha incurrido todo pintor, no niega el progreso, y tiene más que ver con la nostalgia por la afirmación personal del artesano que con una actitud de negación de los avances de la tecnología, expresada en lienzos ya preparados, en nuevos pigmentos, en el uso del aerógrafo, por ejemplo.)

Pero nunca el cambio del instrumento y el soporte había sido tan violento, y tan significativo en el orden conceptual, como en el caso de la expresión artística por vía digital.

Del mundo expresado en átomos hemos abierto paso al mundo expresado en bits, subrayó Nicholas Negroponte. La ruptura con la información tradicional que hemos tenido todos sobre la materia es tan intensa y estremecedora, que dificulta la reflexión y la comprensión del hombre sobre las extraordinarias capacidades resultantes de la digitalización.

El rechazo a otorgar calidad artística a la obra plástica digital no es una expresión aislada de este hecho

Quien trabaja con la palabra escrita no se habitúa a pensar que su información viaja por vías intangibles: que sus tradicionales cuartillas con digamos el manuscrito de una novela, se hallan convertidas en infinitas sucesiones de códigos binarios en un disco duro o, lo que es peor, en una flash memory, en un pendrive.

(Este mismo texto lo escribí originalmente en tipografía Courier, la misma de las antiguas máquinas de escribir, y mi nueva versión de Office simula exactamente en la pantalla la hoja de papel, con cierto relieve incluso: Microsoft me ayuda a aliviar el peso del trauma.)

Todavía no otorgamos todo el crédito artístico a los sonidos de un sintetizador frente a los de un piano acústico, salvo cuando se trata de géneros de gran popularidad, imposibles de interpretar con los instrumentos tradicionales.

O gastamos buenas cantidades de dinero para imprimir materiales que hemos obtenido en internet, porque no nos acostumbramos a leer en pantalla, por legible que sea nuestro monitor de cristal líquido.

O dudamos antes de aceptar la veracidad de un documento que nos viene por vía electrónica garantizado por un certificado digital.

Sólo el tiempo y el carácter ineluctable del progreso hacia un mundo cada día más dependiente o mejor, más engarzado en las tecnologías digitales -y más desarrollado gracias a las tecnologías digitales-- y el paso por este mundo de nuevas generaciones que no habrán escrito nunca en una máquina Remington, irán validando el producto de estas tecnologías y confiriéndoles la autenticidad que merecen.

Las objeciones son numerosas.

La posibilidad de que se falsifique una obra de arte digital es uno de los grandes reparos. Es una posibilidad cierta.

Pero la posibilidad de que se falsifique cualquier obra de arte es también una verdad indiscutible desde hace siglos, y todos alguna vez hemos estado al tanto de los episodios de la lucha inacabable que se libra contra las falsificaciones. Corresponde a los desarrollos tecnológicos que apoyen este nuevo arte --o esta nueva forma de expresarse el arte-- proporcionar las seguridades correspondientes, que probablemente serán mayores y más efectivas que las que hoy tenemos para enfrentar la falsificación tradicional.

O el otro reparo: ¿estamos comprando una obra de arte o un software? Es casi la misma pregunta que se hicieron quienes estaban habituados a la pintura sobre maderas cuando se les mostró la misma pintura sobre lienzo. ¿Estaban comprando un pedazo de tela?

Por último, el catálogo de objeciones incluye una de más calado conceptual, cuando advierte que el arte digital y en especial el software art acentúa una posibilidad que, si bien es desconcertante para los usos tradicionales, puede ser uno de los aportes más interesantes y el cumplimiento de más de un sueño de muchos artistas: que la obra se recree continuamente ante los propios ojos del autor y por lo tanto del espectador.

No será esta posibilidad la que menos polémica y rechazo inicial comporte. Pese a las innumerables variaciones no siempre visibles que las artes plásticas, y entre ellas la pintura, han tenido a lo largo de su historia, algo se ha resistido al cambio: su carácter inalterable, inmóvil, único, acabado.

Nuevamente la técnica descorre otra cortina para la creación y ofrece las posibilidades de un nuevo desarrollo para un arte que ya, en este caso, no solo abandona los soportes tradicionales para incorporarse a otros contemporáneos --pantallas de cristal líquido o plasma en lugar del lienzo o el muro--, no solo abandona los materiales tradicionales de trabajo --mapas de bits, gama infinita de colores, instrumentos informáticos o software en lugar del pincel, los óleos, acrílicos y otros pigmentos--, sino que nos ofrece la posibilidad de su renuevo permanente.

Al agua estática del lago se opone el río constantemente renovado y siempre otro de Heráclito: nadie ve el mismo río dos veces. Nadie ve en una obra del artista plástico de origen cubano Claudio Castillo, la misma imagen dos veces seguidas.

Puesta en la pared la pantalla conectada al software generador, la obra que contempla ahora el espectador no es la que vio, no es la que verá. La renovación permanente se convierte en un festejo para la imaginación y en una promesa de constante revisión de las impresiones que promueve su contemplación.

Es el sueño del cinetismo, que solo llega a esbozarse, a sugerirse en los artistas en cuyas obras el movimiento es un intento jamás alcanzado, sólo insinuado. El cinetismo fue la ilusión y el intento, en el nuevo arte, en el arte de Claudio Castillo el movimiento es el arte.

Y esta obra, como ha sido la obra de cada representante de una vanguardia, es continuación y superación. Tras de sí queda la huella de artistas ya clásicos, que asumieron con desenfado y creatividad las posibilidades que brindaban los nuevos espacios abiertos por las tecnologías, como Nam jun Paik o Bill Viola, quienes abrieron caminos inusitados y plantearon problemas teóricos fundamentales con el uso del video y la fotografía y las alteraciones digitales -la creación artística gracias a las posibilidades de la digitalización-- que se fueron introduciendo en el refundado instrumental del artista.

Es, también a su manera, coincidencia, confraternidad, continuidad o superación del joven creador con algunos de los más vitales artistas actuales del software art, el mismo que, obra tras obra, busca su espacio hoy en el mundo y en el mercado del arte. Uno de sus más interesantes exponentes hoy, John Smith -- casi tan notable por su obra como por su teorización sobre este nuevo encuentro entre arte y tecnología)--, lo advierte: "Creo que no debemos perder de vista que el arte del software es también arte, y debe trabajarse para definir el lugar de estos trabajos en el mundo más amplio del arte".

Urge por tanto que el espectador sobrepase las clásicas dudas y el estremecimiento ante una obra de características inéditas e imprevistas, para que pueda adentrarse en plenitud en las nuevas -también inéditas e imprevistas-- posibilidades que para el goce estético supone este nuevo arte.

Conocerá variantes extraordinarias, que lo introducirán en un universo infinito de contemplación y de interacción con la obra. Las palmas que verá en una pantalla se moverán con la velocidad real en que sople el viento, la humedad, las precipitaciones y la nubosidad son mostradas en tiempo real.

Las mareas subirán o bajarán a una u otra hora, la hora en que realmente se produzca su intercambio, la luna mostrara su fase exacta en su dia, gracias al software que guía y genera la obra, sobre el comportamiento de estos elementos naturales.

O el artista podrá introducir, a demanda, imágenes y contextos de un video familiar o personal que transita así, bruscamente, del ámbito doméstico, al mundo y a la categoría del hecho artístico. El espectador nutrirá la obra, tomará parte en ella, y será él mismo, y su remembranza local, parte del arte que ahora contempla, convertido en otro, y en él mismo, gracias a la complicidad que se establece entre Castillo, él y su propia narrativa familiar.

Realidad y creación de la realidad se entrelazarán e intercambiarán, en una sucesión casual o provocada de imágenes que van desde composiciones puramente abstractas hasta flores, agua, yerba, raíces, árboles, en variantes interminables y en combinaciones tan inesperadas como hermosas.

Es la obra en progresión permanente, en incesante intercambio y diálogo con el mismo espectador y con el mundo que le rodea, sin distinción de espacios o de tiempo, o de categorías: se introducirá el recuerdo de familia como componente artístico pero puede ser también la atmósfera exterior en tiempo real, o, incluso, la información del suceso cotidiano, desde la noticia desde un país lejano hasta las cotizaciones de la bolsa de New York.

Es la obra infinita, en constantes variables que requerirían miles de años para contemplarlas todas, integradas además con el mundo plano de Internet, que es el mundo en que vivimos, donde nada se parece a lo que fue, donde nada es idéntico a lo que será, donde nada está sobre nada ni debajo de cosa alguna. El mundo del artista, ahora convertido en el mundo también del espectador, que será el mundo de todos, visto y narrado de forma enriquecedora.

La narrativa habitual se altera, el antes no precede necesariamente al después, ni la causa al efecto. El mundo digital no transcurre como se narra: transcurre como se sueña.

Más allá de las calidades de cada una de las formas que asume el objeto plástico, la obra de Castillo y su contemplación diaria son así el resumen del inefable, cambiante, inapresable pero siempre tentador misterio de la vida y la muerte, del nacimiento y la resurrección, del los límites y de la infinitud del universo, el mismo misterio que ocupa las satisfacciones y las angustias del hombre desde su aparición sobre la faz del planeta.

Texto copyright Tresart 08

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